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viernes, 29 de agosto de 2014

Ideas para citas con chicas que conoces por Internet

Seguimos con una nueva entrega de lugares a los que llevar a tu cita a ciegas. En la primera entrega os sugeríamos sitios por Chueca, Barrio de las letras y alrededores de la Plaza de España. Ahora vamos a por lugares de Lavapiés (el barrio más bollo de Madrid), Malasaña (porque tortilandia está plagado de modernas), Chamberí (porque una es castiza) y Madrid Río (porque hay que disfrutarlo más). Además incluiré una sección “para pijas”, porque de todo hay en la viña del señor (esta expresión seguro que les encanta a las pijas).

mirales.esLavapiés:

La Berenjena (Marqués de Toca, 7): aquí te va a pasar como en Chueca, te vas a encontrar con tus 30 mejores amigas, con tu ex, con la ex de tu ex… y esto ya sabemos que no siempre es bueno. A cambio, tienes tapas riquísimas y si la cosa se anima es un buen lugar para tomar la primera copa (con la copa te dan además un platito de conguitos, que es algo que deberían copiar todos los bares de Madrid).

Gau Café (Tribulete, 14, 4ª planta): una de las mejores terrazas de Madrid, en el edificio de las Escuelas Pías, donde podréis tomaros una copa mientras miráis los tejados de alrededor. Suele estar hasta arriba y a veces hay que hacer cola, pero las vistas y el ambiente lo justifican.

mirales.esMalasaña:

La Ardosa (Colón, 13): el mejor vermut y la mejor tortilla de patata de de la capital. Si has ligado con una guiri, este es sin duda el lugar para llevarla. Además, suele estar lleno y habrá bastante ruido, así que te costará menos disimular que, en realidad, casi no sabes inglés.

Cabreira (Ruiz, 2): al ladito de la plaza del Dos de Mayo está la terraza donde mejor se come de Malasaña. Es perfecta para que si la cosa va bien, os quedéis a cenar después de las cañas. Está todo buenísimo y siempre tienen platos fuera de carta que merece la pena probar. En la terraza no reservan, así que el fin de semana es mejor ir pronto o es imposible conseguir mesa.

Mercado de San Idelfonso (Fuencarral, 57): estos mercados con puestos (tipo San Miguel, San Antón, etcétera) aunque te permiten probar una gran variedad de comida en espacios generalmente muy atractivos, siempre me han parecido muy incómodos y con cero intimidad. Pero esta falta de intimidad, para una cita a ciegas, es claramente un punto a favor. Queda con ella allí, tomaos unos vinitos y un par de pinchos y ya, si os gustáis, os vais a un bar con velitas. Sin embargo, si la chica te asusta nada más verla, aquí podrás esconderte entre la multitud y salir corriendo sin que se dé cuenta. Eso sí, serás una zorra despiadada, que lo sepas.

mirales.esChamberí:
La Juana (Juan de Austria, 23): muy cerca de plaza de Olavide se encuentra este bar, con buena música, buenas tapas y buenos camareros. Pequeñito y recomendable.

La Chula de Chamberí: es también un local reducido, de ladrillo visto, con varias mesas altas de madera con taburete. Nada íntimo, pero eso ya hemos dicho que para nuestro propósito nos va bien y sobre todo con una estupenda cocina de mercado, con tapas sencillas pero muy bien preparadas. Para conquistarla por el estómago, vaya.

mirales.esMadrid Río:

Cantina del Matadero (Plaza de Legazpi, 8): perfecto para picar algo y luego ver una exposición o una película. La comida la pone el restaurante Olivia te cuida y está todo riquísimo. Tenéis Madrid Río al lado además, para dar un paseo cogiditas de la mano si surge el amor a primera vista.

Café del Río (Avenida de Portugal, 1): en su azotea la dejarás deslumbrada con unas vistas alucinantes del Palacio de Oriente y la Casa de Campo, mientras os tomáis unas cervecitas o un cóctel.
Para las pijas: si eres una “niña” del barrio Salamanca de “toda la vida” y has decidido que de esa zona no te saca ni tu lesbianismo, que sepas que me parece muy bien, hay que conquistar nuevos espacios para el bollerío y el tuyo es uno de los más difíciles, así que aquí van mis recomendaciones.

Cachivache (Serrano, 221): es un local colorido y alegre, para ver y dejarse ver, pero además, al contrario que en otros de este tipo, se come bastante bien. Y si os animáis a pedir copazos, probad mi ginebra favorita, Nordés, hecha en Galicia con la base del destilado de la uva albariño.

Sala de despiece (Ponzano, 11): vale, esto no es el barrio Salamanca, pero el ambiente es el mismo y te vas a sentir como en casa. Además el sitio merece mucho la pena, es un espacio industrial, decorado tal y como indica su nombre como una sala de despiece: ganchos en el techo, cuchillos y mucho metal. Pero lo mejor es su comida, con una materia prima alucinante. Está todo riquísimo, pero por favor, pedid el queso majorero a la plancha. 
Fuente: MiraLes.com



'Mi chacha es gay', un libro pakistaní a favor de la diversidad sexual

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La lencería masculina está de moda para que te sientas muy sexy

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¿Una dieta proteica vegetariana?

proteina vegetal 

El tema que vamos a tratar hoy, es el de si merece la pena o no hacer una dieta proteica vegetariana, ya que las personas que han oído hablar de una dieta proteica en generalsuelen creer que para realizar este tipo de régimen para estar en el peso ideal, hay que consumir proteínas de origen animal, pero la realidad es muy distinta.



No es imprescindible, ni mucho menos tener que consumir carnes para poder realizar la dieta proteica y una persona vegetariana la puede realizar perfectamente.

Hemos tocado en otros post, el tema de que una dieta alta en proteínas se puede llevar como un hábito de vida y en el caso de las personas vegetarianas resulta igual.

En realidad las proteínas que tienen un mayor valor biológico se encuentran en los vegetales. Hablamos de los vegetales y frutas ecológicas que no han sido modificadas genéticamente ni contienen productos químicos. Y es algo de pura lógica si tenemos en cuenta que el valor nutricional de la proteína de origen animal, en la industria alimentaria, es producto de las modificaciones y alteraciones a las que se somete a los animales para conseguir mayor producción con menores costes.

Cuanto más natural es un alimento, mayor es su valor biológico y esto es algo que sobre todo a día de hoy solemos olvidar.

Dicho esto, las proteínas vegetales deberían ser las que consumiese todo el mundo, ya no solo con el fin de adelgazar, sino también con el objetivo de mantener una buena salud.

En las legumbres, las frutas, hortalizas, cereales o semillas encontramos proteínas que proceden directamente de la naturaleza y es un hecho el observar en distintos estudios que personas que siguen una alimentación vegetariana o vegana además de encontrarse en un peso mucho más saludable, a nivel general de salud se encuentran mucho mejor que aquellos que por ejemplo hacen una dieta proteica basada básicamente en el consumo de proteína de origen animal.

La proteína juega un papel muy importante en la pérdida de peso y por eso es muy importante incluso solo pensando con el objetivo de adelgazar, que la proteína que se consume tenga la suficiente calidad, o lo que es lo mismo, un gran valor biológico.

Además otro punto importante a tener en cuenta, es que como bien se sabe en una dieta proteica basada principalmente en el consumo de proteína animal, suele haber una escasez de fibra, cosa que no sucede de ninguna manera en una dieta proteica vegetariana.

La fibra es fundamental para limpiar y desintoxicar el cuerpo, como lo es también para que el sistema digestivo pueda trabajar correctamente.

En todos los sentidos una dieta proteica vegetariana siempre va a ser mucho más segura para adelgazar y sobre todo mucho más saludable.
 Fuente: facilisimo.com

Yo, el feminista

Feminismo Colombia 

Crecí rodeado de muchas mujeres: Mamá, hermana, tías, primas, vecinas… Por supuesto, no faltan quienes dicen que por eso soy gay. A pesar de que las quiero, admiro y comparto con ellas, años atrás el mensaje de que hombres y mujeres éramos iguales y podíamos destacarnos de la misma manera, no me calaba del todo. El arsenal de machismo colombiano que tenía acumulado, había devastado mi admiración por ellas.

Esto se hizo evidente cuando entré a estudiar a la universidad. No me parecían convincentes los argumentos de mis compañeras y profesoras y no me gustaba debatir con ellas porque sentía que perdía el tiempo. Tuvo que pasar un buen tiempo, cinco años, para que me encontrara de frente con una realidad: muchas mujeres serían mis compañeras de trabajo.

En mi primer empleo formé parte de un grupo de investigación en una institución pública y de 10 integrantes, siete eran mujeres. En las conversaciones cotidianas y en el trabajo de campo me di cuenta de que todas las tonterías que creía, estaban basadas en prejuicios y estereotipos que me había dejado meter en la cabeza por los medios de comunicación, amistades y familia.

Lo que ha sucedido desde entonces ha sido un ir y venir de discusiones y debates con mujeres alucinantes: activistas de derechos humanos, jefas, compañeras de trabajo, amigas y un sin fin de ellas con quienes, por diferentes motivos, he compartido camino.

En general, me han mostrado dos cosas: primero, que las mujeres tienen los mismos derechos y posibilidades que los hombres y, segundo, que son seres con una enorme capacidad de enseñanza.
Yo lucho contra la discriminación que sufren las personas LGBTI. Mi discurso ha estado centrado en lo que nos sucede a nosotros/as. Con el tiempo, y a medida que he abierto mi cabeza y corazón al feminismo, he encontrado que la raíz de la discriminación sea por raza, género, sexo, orientación sexual, identidad de género, opinión política, etnia o cualquier otro motivo, es el mismo: una cultura machista, basada en la superioridad de uno sobre otro y en la que se necesita eliminar las diferencias.

Esto me llevó a analizar dos aspectos: por un lado, la falta de solidaridad que solemos tener algunas personas LGBTI con las causas de otros grupos sociales. Y esto se articula con lo segundo: ¿cuánta discriminación nos corre por las venas? Finalmente crecemos en una cultura de discriminación y no la cuestionamos.

Hombre serio y cero plumas

¿Han escuchado cómo algunos hombres gais denigran de otros porque son afeminados?  ¿Han intentado cuestionar a quienes dicen que no está bien ser un “gay femenino”? En mis “experimentos” sociales, he encontrado un profundo temor por perder el estatus de hombre, el orgullo de llevar pene y poder dominar o enfrentar la dominación de otro hombre. Lo femenino se asocia con debilidad, indigno y reprobable.

¿Cuántas personas LGBTI conocen que acompañen luchas campesinas o participen en marchas que rechacen la violencia contra la mujer, en procesos de sindicalismo o que busquen reformar el sistema social o productivo? Me he tropezado con una falta de sensibilidad frente a estos temas con los argumentos de que “eso es muy complicado”, “es de guerrilleros”, “a mí no me afectan esas cosas” o “como ya estoy acomodado/a en la sociedad, para qué me enredo la vida”.

Claro, también hay quienes me han sorprendido por su compromiso por crear un mundo mejor, que entienden que luchar contra la discriminación por ser LGBTI necesita, inevitablemente, articularse con otros movimientos. Pero son pocos.

Mediante la perspectiva feminista, he podido ver el mundo con otros lentes. Entiendo cada vez mejor que debemos eliminar los sentimientos masculinos de superioridad, autosuficiencia o de que somos inicio y fin de la historia.

En mi experiencia con el budismo he encontrado lecciones alucinantes del Lama (guía espiritual) que invitan a pensar en el sentimiento femenino y en el afecto que la mayoría de mujeres son capaces de dar. Ellas suelen ver un mundo sin violencias, pueden engendrar vida y cuidan a las personas sin detenerse a pensar quiénes son (vean el número de enfermeras con relación a la de enfermeros).

Todo esto lo vi en mi abuela y en mi mamá. Y esas enseñanzas las encuentro ahora en múltiples espacios y las apoyo y defiendo. Entiendo, cada vez más, que ellas tienen toda la autonomía y capacidad para decidir sobre su cuerpo, sea para tener o no hijos o para ocupar una posición laboral o política.
Cada vez me cuestiono más los chistes machistas que describen a las mujeres como seres llenos de altibajos, malévolos, fríos y calculadores, o tontos y abnegados, esperando a que su príncipe azul las salve. ¡No!
Me siento muy afortunado de compartir con mujeres comprometidas, emancipadas y que abren sus espacios y corazones a las personas LGBTI. Me encanta escuchar a esas mujeres lesbianas que forman parte de los movimientos feministas.

La lucha contra la discriminación debe incluir, inevitablemente, un enfrentamiento contra el opresor que llevamos dentro. Y en esta tarea, el feminismo contribuye a dilucidar prejuicios.

Por todo esto, me considero feminista. Poco me importa que me digan “afeminado”, pues esas son manifestaciones de una sociedad machista y conservadora que busca marginar para seguir reinando.
Fuente: sentiido